Desde aquí arriba, la brisa es suave, pero lo que realmente acaricia mi alma no es el viento de la montaña, sino el rumor que sube desde el valle. Cierro los ojos un instante y lo escucho: es esa música inconfundible de risas, gritos de gol, el golpe seco de la pelota contra el suelo y el canto de la soga cortando el aire.
Miro hacia abajo y mi corazón, que tantas veces latió apresurado por la preocupación de no tener pan o techo para mis muchachos, hoy late tranquilo y lleno de un orgullo inmenso. Veo el patio. Veo los colores. Pero sobre todo, veo que ustedes han entendido.
Han pasado tantos años desde aquel primer cobertizo en Valdocco, desde aquellos primeros sueños confusos a los nueve años donde los lobos debían convertirse en corderos. Muchos me llamaron loco, soñador, imprudente. Pero al verlos jugar hoy, sé que valió la pena cada gota de sudor, cada "Ave María" rezada, cada puerta golpeada.
Me emociona ver que la obra no eran solo ladrillos; la obra eran ustedes. Ustedes, que tomaron la antorcha y no dejaron que el fuego se apagara. Me siento orgulloso de cada animador, de cada maestro, de cada salesiano y salesiana que entendió que la educación es cosa del corazón, y que para salvar a un chico, a veces solo hace falta una pelota, y alguien que lo mire con amor.
Pero, mis queridos amigos, no se detengan a contemplar el paisaje demasiado tiempo. Miren bien el horizonte.
Aunque la imagen es hermosa, la obra no está terminada. Mientras haya un joven que se sienta solo, mientras haya un pibe en la esquina sin oportunidades, mientras haya tristeza en el corazón de un niño, Don Bosco los seguirá necesitando. El patio debe ensancharse. Los juegos deben seguir, pero el amor debe llegar más lejos.
Sigan jugando, sigan saltando, sigan riendo. Porque el diablo le teme a la gente alegre.
Desde aquí los bendigo y los miro, con la certeza de que el sueño... ese sueño mío, ahora es el sueño de todos ustedes.
¡Adelante, siempre adelante!
Juan Bosco.

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