Queridos pibes y pibas,
Si hoy pudiera sentarme un rato con ustedes, tal vez en el patio de un oratorio o en un aula llena de risas y ruido, les diría algo muy simple: nunca dejen de creer que su vida vale la pena.
Yo nací pobre, crecí con poco y aprendí desde chico que cuando falta el pan, muchas veces también falta la esperanza. Por eso dediqué mi vida a ustedes, a los jóvenes más olvidados, a los que la sociedad muchas veces mira de reojo o directamente no mira. Mi obra no fue levantar grandes edificios, sino levantar corazones.
En cada oratorio, en cada taller, en cada escuela, quise que los pibes encuentren un lugar donde sentirse en casa. Un lugar donde se pueda jugar, aprender, equivocarse y volver a empezar. Porque estoy convencido de algo: cuando un joven se siente querido, puede cambiar su historia.
Hoy quiero desearles una Feliz Navidad a todos los chicos que tal vez no tengan regalos, pero sí sueños; a los que pasan momentos difíciles, a los que se sienten solos. Que el Niño Jesús nazca también en su corazón y les recuerde que no están solos, que Dios camina con ustedes.
Y quiero decir un gracias enorme a quienes siguen esta misión:
A los animadores, maestros, educadores y salesianos que todos los días eligen acompañar, escuchar, tener paciencia y confiar. Gracias por estar atentos a cada pibe, por preocuparse porque tenga un lindo día, ya sea en el patio del oratorio o en el aula. Ustedes son parte viva de esta obra.
Les deseo también un Año Nuevo lleno de esperanza, de proyectos y de alegría compartida. No tengan miedo de soñar en grande. Yo soñé siendo un chico… y ese sueño todavía sigue caminando en cada uno de ustedes.
Con cariño de padre y amigo,
Don Bosco

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